Yo soy María Elena Medina-Mora Icaza. Y si algo me ha acompañado toda la vida es esta obsesión —a veces incómoda— por una idea simple: antes de opinar, hay que medir. No porque los números sean fríos, sino porque detrás de cada cifra hay personas reales, familias reales, pérdidas reales… y también oportunidades reales de prevenir el daño.
Nací en la Ciudad de México el 3 de octubre de 1951.
Me formé como psicóloga: licenciatura y maestría en la Universidad Iberoamericana, y después hice el doctorado en Psicología Social en la UNAM.
Mi tesis doctoral no nació del capricho académico: nació del terreno, de mirar cómo el consumo y el sufrimiento se pegan a contextos sociales específicos. En mi caso, trabajé un tema que hoy sigue siendo crucial: género, alcohol y migración, dentro de un proyecto apoyado por el NIAAA (EE. UU.), con una afiliación con el Alcohol Research Group en Berkeley.
Pero mi historia no se entiende solo por mis títulos. Se entiende por el sitio donde decidí quedarme —y desde donde intenté empujar cambios grandes con herramientas pequeñas—: la investigación epidemiológica y psicosocial en adicciones y salud mental.
En el CV extenso que hice público a través de la UNAM, mi historia laboral está escrita con fechas, cargos y transiciones claras. Y esas transiciones dicen mucho más de mí que cualquier frase bonita: empecé en centros especializados en farmacodependencia y salud mental, después pasé a liderar áreas de investigación epidemiológica y social, y finalmente asumí responsabilidades directivas mayores dentro del Instituto Nacional de Psiquiatría.
Lugares de trabajo y cargos (línea cronológica verificada)
| Años | Cargo | Institución | Fuente | Copiar |
|---|---|---|---|---|
| 1973–1978 | Investigadora | Centro Mexicano de Estudios en Farmacodependencia (CEMEF) | CV UNAM (PDF) | |
| 1978–1980 | Jefa del Departamento de Investigación Social | Centro Mexicano de Estudios en Salud Mental (CEMESAM) | CV UNAM (PDF) | |
| 1980–1984 | Jefa del Departamento de Investigación Epidemiológica y Social | Instituto Mexicano de Psiquiatría | CV UNAM (PDF) | |
| 1984–1999 | Jefa de División de Investigación Epidemiológica y Social | Instituto Mexicano de Psiquiatría | CV UNAM (PDF) | |
| 1999–2008 | Directora de Investigación Epidemiológica y Psicosocial | Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz | CV UNAM (PDF) | |
| 2008–2013 | Directora General | Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz (Secretaría de Salud) | CV UNAM (PDF) | |
| 2013–2018 | Redesignación como Directora General | Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz | CV UNAM (PDF) | |
| 2018 | Coordinadora del Centro de Investigación en Salud Mental Global | INPRFM / UNAM | CV UNAM (PDF) | |
| 2019 | Jefa del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental | UNAM | CV UNAM (PDF) |
Esa tabla no es solo “currículum”: es la historia de cómo fui entendiendo algo que hoy repito sin cansarme: las adicciones y los trastornos mentales no se explican con una sola causa. Son fenómenos con capas —biológicas, psicológicas, familiares, económicas, culturales— y por eso la única forma responsable de discutirlos es con evidencia.
En mi CV también queda claro que pasé por estancias de investigación y entrenamiento internacional en epidemiología, métodos cualitativos y herramientas de evaluación, incluyendo experiencias con universidades y centros fuera de México. Eso me marcó porque me permitió comparar: ver qué es local, qué es universal, y qué se parece “en apariencia” pero cambia radicalmente cuando miras contexto.
Cuando la salud mental se vuelve política pública (y deja de ser solo clínica)
Ser Directora General de un instituto nacional no es un título; es un tipo de responsabilidad que te persigue a casa. Porque de pronto ya no estás pensando únicamente en “qué significa este resultado”, sino en “qué decisión concreta habilita este resultado”. Ahí aprendí otra lección: la investigación es inútil si no se traduce. No basta con publicar; hay que construir puentes entre la evidencia y el sistema que toma decisiones.
En esa etapa, mi campo central siguió siendo el mismo: adicciones y salud mental —metodología, aspectos psicosociales y epidemiología—, que es exactamente como se describe mi línea de trabajo en semblanzas institucionales.
De sustancias a conductas: por qué el gambling me importó (y me importa)
Mucha gente tarda en aceptar que una adicción puede existir sin una sustancia. Pero el cerebro no necesita alcohol o nicotina para aprender una compulsión: le basta con un circuito de recompensa repetido, con la ilusión de control, con el refuerzo intermitente que vuelve “adictivo” lo impredecible.
Por eso, cuando el juego problemático empezó a aparecer con más claridad en mediciones poblacionales, no lo vi como una curiosidad: lo vi como el siguiente capítulo lógico de lo que ya sabíamos sobre riesgo, vulnerabilidad y salud mental.
Un ejemplo concreto está en el artículo “Magnitude and extent of gambling disorder in the Mexican population”(Salud Mental, 2018), donde aparece mi autoría junto con un equipo amplio y se utiliza la ENCODAT 2016–2017 para estimar y analizar el fenómeno a nivel poblacional.
Y aquí hay algo que quiero subrayar: cuando hablamos de gambling, no hablamos solamente de casinos. Hablamos de comorbilidad, de ansiedad, de depresión, de consumo de alcohol, de estrés social. Hablamos de personas que entran por entretenimiento y salen con vergüenza; que entran por curiosidad y salen con deudas; que entran por emoción y salen con aislamiento.
Obras y perfiles públicos para rastrear mi producción (selección verificable)
| Tipo | Título / Perfil | Año | Enlace | Copiar |
|---|---|---|---|---|
| Artículo (gambling) | Magnitude and extent of gambling disorder in the Mexican population | 2018 | SciELO | Salud Mental | |
| Perfil (citas) | Google Académico (perfil de citas y publicaciones) | — | Google Scholar | |
| Perfil (red académica) | ResearchGate (publicaciones y red científica) | — | ResearchGate |
Mi manera de mirar el mundo (y por qué a veces soy “incómoda”)
He escuchado muchas veces el deseo social de una respuesta rápida: “¿qué hacemos con las adicciones?”. Y entiendo el impulso. Pero cuando te dedicas a esto, aprendes a desconfiar de los atajos.
Porque el problema no es solo el consumo —o la apuesta—. El problema es la función que esa conducta empieza a cumplir: regular ansiedad, anestesiar dolor, sostener un sentido de pertenencia, crear una ilusión de control cuando todo lo demás se siente inestable.
Mi trabajo, durante décadas, ha sido insistir en que la salud mental no se arregla con slogans. Se arregla con sistemas. Con prevención basada en evidencia. Con servicios accesibles. Con intervenciones que contemplen el entorno social y familiar. Y con mediciones constantes que permitan corregir el rumbo.
Por eso me dediqué a fortalecer la cultura de encuesta, de medición poblacional, de lectura crítica: porque cuando tienes datos sólidos, puedes pelear contra dos enemigos al mismo tiempo: la indiferencia y el pánico. Ni minimizar, ni exagerar. Entender.
Y esa forma de trabajo también se ve en mi presencia pública académica: un perfil de citas y producción que cualquiera puede rastrear, sin necesidad de “creerme” por fe.
Lo que considero mi legado (y lo que todavía me falta)
Si tuviera que resumir mi vida profesional en una línea, diría esto: he intentado convertir realidades humanas complejas en decisiones públicas más inteligentes. A veces lo logras. A veces te quedas a la mitad. Pero cada estudio serio deja algo instalado: una mejor pregunta.
Y cuando el gambling entra al mapa —como conducta adictiva, como problema de salud mental, como fenómeno asociado a otros riesgos— mi posición sigue siendo la misma que tenía cuando empecé: medir, analizar, intervenir temprano. Porque cuando llegas tarde, lo que queda no es solo deuda económica. Lo que queda es vergüenza, ruptura, deterioro, soledad. Y eso también es salud pública.
La ciencia aplicada: cuando una cifra se convierte en una decisión
A lo largo de mi carrera he visto cómo una sola cifra puede cambiar el rumbo de una conversación nacional. No porque “el número” sea mágico, sino porque obliga a abandonar el terreno cómodo de las opiniones. Cuando una encuesta sólida muestra una tendencia —por ejemplo, un aumento en consumo episódico excesivo de alcohol, o un patrón emergente de conducta adictiva— ya no basta con decir “hay que hacer conciencia”. Hay que responder con instrumentos concretos: regulación, prevención, servicios, capacitación clínica y, sobre todo, seguimiento para no repetir errores.
Con el tiempo aprendí que el mayor riesgo en salud mental no siempre es la falta de diagnósticos; muchas veces es la falta de continuidad. Programas que empiezan con energía y mueren en silencio. Estrategias que se anuncian con fuerza y se evalúan con debilidad. Por eso insisto: lo más valioso de una cultura de investigación no es el artículo publicado, sino la capacidad de sostener un sistema de medición y ajuste.
Mi relación con el estigma: el enemigo invisible
Si hay algo que me ha preocupado desde siempre es cómo el estigma convierte el sufrimiento en secreto. En adicciones y en juego problemático ocurre lo mismo: la persona no solo lidia con la conducta, también lidia con la vergüenza. Y la vergüenza empuja al aislamiento, al ocultamiento, a la negación… y eso retrasa la búsqueda de ayuda.
En ese sentido, la epidemiología cumple un papel que pocos reconocen: humaniza. Suena contradictorio, pero no lo es. Cuando demuestras que un fenómeno tiene prevalencia, correlaciones, trayectorias y perfiles de riesgo, lo sacas del ámbito del “vicio” o la “debilidad” y lo colocas donde corresponde: como un problema con determinantes y con intervención posible.
De la investigación a la implementación: lo que no se ve desde afuera
Hay un tramo de mi trabajo que rara vez aparece en los perfiles: el de traducir evidencia para sistemas reales. Esto incluye dialogar con instituciones, impulsar formación, promover estándares, hacer alianzas y entender que, en salud mental, la rapidez sin sustento puede ser tan dañina como la lentitud. No se trata de hacer “más”, sino de hacer “mejor”: intervenir donde hay mayor rendimiento preventivo, reconocer grupos vulnerables sin etiquetarlos y diseñar mensajes que no culpabilicen.
En mi experiencia, cuando una política pública se diseña sin medir, termina castigando al mismo grupo que pretende proteger. Y cuando se diseña con evidencia, puede ser firme sin ser punitiva; puede poner límites sin humillar; puede dar opciones reales antes de que la crisis explote.
Cómo traduzco evidencia en acción (marco práctico)
| Capa | Qué se hace | Indicador que vigilo | Ejemplo | Copiar |
|---|---|---|---|---|
| Prevención | Intervenciones tempranas, educación basada en mecanismos (no moralista) | Edad de inicio, frecuencia, escalada | Mensajes claros sobre refuerzo intermitente y “persecución de pérdidas” | |
| Tratamiento | Acceso, rutas de derivación, abordaje de comorbilidad | Demanda atendida, abandono, recaídas | Integrar ansiedad/depresión + consumo de alcohol en el plan | |
| Regulación | Fricciones, límites, transparencia y protección al consumidor | Exposición, intensidad publicitaria, acceso 24/7 | Límites de depósito, pausas obligatorias, información no ambigua |
Lo que sigo defendiendo, incluso cuando incomoda
Si hoy tuviera que dejar una sola idea sobre mi mesa, sería esta: la salud mental se construye como infraestructura. No como campaña. No como moda. Infraestructura significa continuidad, datos comparables, servicios que no colapsen, y un lenguaje público que no convierta el sufrimiento en culpa.
Y por eso, aunque mi trabajo haya atravesado décadas y temas —sustancias, comorbilidad, encuestas, y también conductas como el juego— mi punto de partida sigue igual: mirar el fenómeno con precisión, entender su función en la vida de las personas y actuar antes de que el daño sea irreversible. Porque cuando llegas tarde, lo que se rompe no es solo el bolsillo: se rompe el vínculo, la confianza, la identidad. Y recuperar eso cuesta mucho más que cualquier apuesta.


